25 años de Agrigan
Posted on March 14th, 2009 in Uncategorized | 5 Comments »
Hace 25 años mis padres decidieron unirse a una minoría incomprendida, calumniada, criticada y muchas veces hasta perseguida, no por su religión, nacionalidad o color de piel, sino por sus virtudes. Hace 25 años mis padres decidieron volverse empresarios.
Los empresarios suelen ser los malos de la película tanto en sentido literal como en sentido figurado. Los empresarios suelen ser (junto con los científicos) los villanos en infinidad de películas, programas de televisión y obras literarias. Los empresarios suelen ser también ser el chivo expiatorio favorito de los políticos. Es común que se les presente como explotadores, como saqueadores de riquezas, como seres mezquinos, incapaces de hacer el bien, sentir compasión o ser generosos. Se hace escarnio de lo que es su principal virtud: generar utilidades.
Yo tenía 12 años cuando mis papás tomaron la decisión de fundar la empresa. Recuerdo muy bien la ansiedad que provocaba en mí esa aventura. Iba a dejar detrás amistades, escuela, mi casa y entendía también que mi papá iba a dejar el trabajo que había tenido hasta entonces y que hacía posible muchas de las cosas de las que disfrutábamos. Entendía que habían decidido arriesgar todo lo que teníamos con la esperanza de crear una organización capaz de generar riqueza. Sabía que podían fracasar y eso me angustiaba.
Muchísima gente ignora o prefiere ignorar el hecho de que los empresarios deben poner en riesgo sus bienes apostando a ellos mismos, a su propia inteligencia, a su capacidad de organización, a su buen juicio, a su conocimiento y a su trabajo. Su éxito depende de su capacidad para conseguir que otras personas, de forma voluntaria, estén dispuestos a tratar con ellos: los clientes, los proveedores, los bancos.
Un empresario no puede forzar a nadie a trabajar con él, no puede obligar a nadie a comprar lo que el ofrece, tampoco puede ordenar a alguien a venderle lo que necesita, o a que le preste dinero. Un empresario sabe que en caso de cometer un error, será él quien enfrentará las consecuencias y que si fracasa será él quien sufrirá las pérdidas. ¡Qué distintos de los políticos que sin arriesgar nada pueden obtener el poder de obligar a otros a hacer cosas en contra de su voluntad y trasladar el costo de sus errores a la sociedad entera!
Se suele reconocer el fruto de la acción del empresario, pero también ignorar sus raíces. Se les llama explotadores a quienes ofrecen empleos y pagan salarios que las personas voluntariamente aceptan por ser el mejor uso que pueden dar a sus capacidades, tiempo y trabajo. Se les llaman saqueadores aunque generan riqueza que no existiría sin ellos. Se les acusa de mezquindad cuando la riqueza y el bienestar que generan a su alrededor muchísimo más grande del que jamás podrán acumular. Se les acusa de no ser generosos y de no tener compasión cuando son ellos quienes están detrás de muchas organizaciones sin fines de lucro que benefician a la sociedad, cuando son ellos quienes hacen posible que los políticos sean generosos y compasivos repartiendo recursos que jamás generaron. Se les acusa de todo tipo de males, cuando son responsables de casi todas las cosas buenas a las que tenemos acceso los seres humanos. Los empresarios hacen posible que haya alimentos en nuestros platos y platos en nuestra mesa, y mesa en nuestra casa y casas en nuestras ciudades. Los empresarios están detrás de las medicinas que nos curan, del entretenimiento del que gozamos, de que yo pueda hacerles llegar a ustedes estas líneas.
Si los empresarios fueran como los pintan las películas y los políticos, el mundo estaría mejor sin ellos. Pero la realidad es otra muy distinta, es precisamente en aquellos lugares donde se dificulta o imposibilita la actividad empresarial donde abunda el hambre y la miseria, y es en aquellos donde pueden prosperar los empresarios donde existe el mayor bienestar.
Pues bien, a 25 años de distancia es posible ver que la apuesta de mis padres rindió buenos frutos. Podemos constatar como lo que comenzara como una microempresa, con apenas un puñado de colaboradores y un par de camionetas es hoy una organización con más de 60 colaboradores y varias sucursales con la capacidad de servir a cientos de clientes a en un territorio que se extiende a lo largo de la costa del golfo de México desde la frontera norte de Tamaulipas hasta la frontera sur de Veracruz. Una organización que ha construido una sólida reputación entre sus proveedores y acreedores por la seriedad ante sus compromisos. Una organización que fue capaz de sobrevivir a dos severas crisis económica y que está preparada para enfrentar una tercera. Porque sabremos actuar responsablemente, exigir más de nosotros mismos y estar a la altura de los desafíos. Le daremos a esta organización la capacidad para seguir creciendo para generar empleos, para servir a sus clientes y cumplir con sus compromisos.
Estoy profundamente agradecido con mis padres, que decidieron lanzarse a esta aventura, con cada uno de los que al paso de los años nos ayudaron a crecer y con todos aquellos que pueden reconocer en la actividad empresarial algo digno de elogio y que merece ser defendida, especialmente en estos tiempos en que algunos truhanes nos quieren convencer de que la libertad que exige la actividad empresarial es un peligro.