Como liberal, no puedo sino unir mi voz a quienes denuncian esta tragedia y a las políticas criminales que provocan tanto sufrimiento y tantas muertse. En la agenda de todo liberal está la lucha en favor del un mundo sin fronteras para los capitales, para las mercancías, pero también para las personas.
El imponer desde la xenofobia, el racismo, el patriotismo idiota y la ignorancia económica leyes que hacen ilegal que una persona que está dispuesta a realizar un trabajo honrado y productivo se encuentre con otra dispuesta a pagarle por hacer un trabajo que ninguno de sus compatriotas está dispuesto a hacer es un crimen. Llamar Ilegal a una persona es monstruoso, nadie es ilegal.
Debemos exigir a nuestros gobiernos políticas y leyes que garantizaran los derechos humanos de los inmigrantes, un trato digno para ellos, pero por encima de todo que se abriera las puertas generosamente a cualquier extranjero honrado que estuviera dispuesto a trabajar en este país y contribuir a su desarrollo o que van en tránsito hacia otro para hacer lo mismo. Porque eso es precisamente lo que la inmensa mayoría de los inmigrantes hacen: contribuir a la prosperidad de los países que lo reciben.
Del mismo modo que combatimos la mentira de que el libre comercio y el libre flujo de capitales generan pobreza, debemos combatir el mito de que los inmigrantes aumentan la criminalidad, roban empleos, destruyen la identidad nacional o abusan de los sistemas de seguridad social.
En este afán, los liberales debemos tender la mano a quienes coinciden con nosotros en este tema aunque estén en desacuerdo en otros. Debemos hacer a un lado las diferencias e impedir que nuestros prejuicios nos impidan unirnos en este reclamo.
¿Por qué será que los promotores del libre comercio, que apoyan los mercados libres y abiertos para el intercambio de mercancías dejan sus principios de lado con tanta frecuencia cuando se trata de la inmigración? Jason Riley, miembro del consejo editorial del Wall Street Journal se hace y responde a esta pregunta en su libro DEJENLOS ENTRAR, un argumento a favor de las fronteras abiertas. En junio 18 del 2008 habló en el CATO Institute, este es el segmento de un evento más extenso disponible en Cato.org
[Presentación del libro Déjenlos Entrar, miércoles 18 de junio del 2008, habla Jason Riley]
La posición del Wall Street Jurnal en torno a la inmigración está en línea con la filosofía general del periódico, misma que comparto. Estamos a favor de personas libres y mercados libres y eso incluye mercados laborales libres y flexibles. Ahora bien, la mayoría de las personas que se identifican a sí mismos como “conservadores de libre mercado” afirman compartir esta convicción y usualmente es así, con una notable excepción, que según mi experiencia se presenta cuando el tema se extiende a la inmigración.
Ningún defensor del libre comercio jamás soñaría en apoyar leyes que interrumpieran el libre movimiento de bienes y servicios a través de las fronteras nacionales. Pero cuando se trata de leyes que se lo impiden a los trabajadores que producen esos bienes y servicios demasiados conservadores olvidan hoy en día los principios del libre mercado. Reemplazan a Adam Smith, David Ricardo y John Stuart Mill por Lou Dobbs. A Ronald Reagan por Pat Buchanan. Los principios del conservadurismo ceden su lugar a una suerte de populismo reaccionario. A algunos de nosotros esto nos desconcierta. Una de las razones por las que escribí el libro fue para demostrar que no existe ninguna inconsistencia entre defender al mercado libre y la apertura a la inmigración.
A lo largo de los años he escuchado los mismos argumentos en contra de los inmigrantes una y otra vez: roban nuestros empleos, deprimen los salarios, están llenando nuestras cárceles y prisiones, son una carga excesiva para nuestro sistema de seguridad social, etcétera. Sin embargo mi propio trabajo de investigación y de reportero ha encontrado que se trata de tremendas exageraciones o son simplemente contrarios a la realidad. Un par de ejemplos rápidamente.
Si tu fuente de información sobre inmigración es Lou Dobbs, John Hannity o Bill O’Reilly, Laura Ingram o Rush Limbraugh, es probable que estés convencido de que estamos en medio de una ola criminal provocada por los inmigrantes ilegales. Sin embargo la evidencia no apoya esa afirmación. Porque muchos de los inmigrantes ilegales, sobre todo mexicanos y centro americanos son hombres jóvenes que llegan con niveles muy bajos de educación formal, los estereotipos populares tienden a asociarlos con tasas más altas de crimen y encarcelamiento. En realidad, numerosos estudios realizados por investigadores independientes y encargados por el gobierno durante los últimos 100 años han encontrado reiteradamente que los inmigrantes son menos propensos a cometer crímenes y a terminar en prisión que los que nacieron en el país.
De hecho, entre los hombres cuyas edades van de los 18 a los 39, y que por supuesto componen la gran mayoría de la población carcelaria, la tasa de encarcelamiento es 5 veces mayor entre los nativos que entre los inmigrantes. Y esto no se debe a que inmigrantes modelo de la India o China compensen con su respeto por las leyes los crímenes cometidos por los inmigrantes latinos pobres y sin educación. Para cada grupo étnico, sin excepción, las tasas de encarcelamiento son menores entre los inmigrantes. Esto es cierto para los mexicanos, los salvadoreños y los guatemaltecos que forman la mayor parte de la población ilegal en los Estados Unidos. Rápidamente otro hecho: se estima que entre 1994 y 2005 la población ilegal en los Estados Unidos se duplicó hasta llegar a doce millones. Sin embargo, de acuerdo al departamento de justicia, en ese mismo periodo la tasa de criminalidad cayó en un tercio. Los delitos contra la propiedad cayeron 26% y no solo en un promedio nacional, sino en las ciudades con mayor población ilegal, como Nueva York, Chicago, Los Angeles, Miami. Cayeron en las ciudades fronterizas que experimentan la mayor inmigración ilegal, como El Paso y San Diego.
A fin de cuentas, el problema de la criminalidad no es causado y ni siquiera agravado por los inmigrantes, independientemente de su condición de legales o ilegales. Pero la percepción equivocada de que lo contrario es verdad persiste entre los políticos, los medios y el público en general. Tengan esto en mente la próxima vez que Bill O’Reilly utilice el caso de un indocumentado conduciendo en estado de ebriedad como ejemplo de que estamos en medio de una ola criminal a causa de los indocumentados.
Otra idea popular es que los inmigrantes ilegales vienen aquí abusar de los beneficios sociales, pero las estadísticas muestran que las solicitudes de estos beneficios han caído al tiempo que la inmigración ha aumentado. Desde su punto más elevado, cuando en 1994 Bill Clinton firmó la reforma a la seguridad social, los casos de solicitud de beneficios sociales han caído en un 60%. Prácticamente todos los estados han reducido su carga social en un tercio y en algunos casos hasta en un 90%. Y no solamente el número de personas recibiendo beneficios ha caído al tiempo que la inmigración ha aumentado, también la pobreza en su conjunto. La pobreza infantil, la pobreza infantil entre los negros y el hambre en la infancia han todas disminuido. Está claro que los inmigrantes no son la causa del aumento en las cargas por beneficios sociales o en las tasas de criminalidad en este país, sin embargo se nos repite constantemente que lo contrario es cierto.
No deja de sorprenderme que la inmigración continué siendo un tema tan controversial en América. Puedo comprender la tentación de explotar el tema políticamente, de apelar a los miedos y las ansiedades. Los políticos lo hacen todo el tiempo con el libre comercio, por ejemplo. Pero como muchos americanos están vinculados al tema, me sorprende que funcione tan efectivamente como lo hace.
Para mí resulta evidente que los inmigrantes han beneficiado a los Estados Unidos. No me refiero solamente a los ingenieros informáticos de la India o China. También hablo de los inmigrantes poco cualificados que llegaron del sur y el oeste de Europa en el siglo XIX y principios del siglo XX y a aquellos que llegan hoy en día desde Latinoamérica. Por cierto, la tasa de inmigración desde europea excedió por mucho la que hay desde México hoy. En aquel entonces teníamos bastantes más llegadas de inmigrantes en comparación a la población existente de la que tenemos hoy en día.
Dan Griwald, aquí en CATO, ha hecho una excelente investigación sobre el tema así que la usaré. En los años noventas, la inmigración desde México promedió 4.2 millones, 1.5 inmigrantes por cada mil ciudadanos de los Estados Unidos. En comparación, a mitad del siglo 19 los Estados Unidos absorbieron a 3.6 Irlandeses por cada mil residentes. De I840 a 1890 la tasa de inmigración de alemanes fue superior en cada década a la actual tasa de inmigración de mexicanos. De 1901 a 1910 la inmigración de rusos, italianos, austriacos y húngaros supero, cada una por separado, la actual tasa de inmigración desde México.
Si la historia de la inmigración demuestra algo, es que no hay nada más común que el que los inmigrantes pobres se vuelvan prósperos en su nuevo país y hagan a ese país más próspero también y la experiencia de los Estados Unidos no es distinta. El propósito de este libro era poner el debate actual dentro de una perspectiva histórica, buuscar en los extranjeros chivos expiatorios para los problemas nacionales, reales o imaginarios es una suerte de tradición americana, por eso argumento en él que los inmigrantes de hoy no son distintos, solamente más nuevos.