El fin de semana pasado viajé a los Estados Unidos. Como todo el mundo sabe en ese país habrá elecciones en noviembre próximo y las campañas electorales se encuentran en marcha.

Si se  atendiera a la experiencia que los mexicanos hemos tenido en cuestión de campañas y a la noción de que en ese país se utliza intensamente la publicidad hubiera sido de esperarse algo muy distinto a lo que encontré o mejor dicho, a lo que no encontré.

Porque durante los dos días de visitas, no ví ni uno solo de los “pendones” que nuestros partidos y gobiernos suelen colgar de cuanto poste encuentren anunciando a los candidatos, tampoco encontré un solo anuncio “espectacular” de Obama o McCain, durante el tiemp que escuché la radio estadounidense no alcancé a escuchar un solo anuncio de los candidatos o sus partidos y solamente ví, durante dos horas de ver la televisión un espot del republicano y uno del demócrata. 

Resulta increíble y vergonzoso que en un país con tantas carencias como el nuestro el gasto que hacen  gobiernos y partidos políticos en publicidad en un año no electoral es evidientemente mayor que el que se realiza en un año electoral en los Estados Unidos.

Como si de una droga se tratara, nuestros políticos necesitan cada vez mayores dósis de publicidad para saciar su ansiedad mediática.  Del mismo modo que un adolecente adicto se anima a robarle dinero a sus padres para comprar la siguiente dosis, nuestros polítcios le roban al pueblo de México al tomar dinero del erario para comprar más espots.  Dinero que se podría haber utlizado para combatir la inseguridad, brindar educación o llevar salud a los mexicanos terminan convertidos en basura que ensucia y afea nuestras ciudades, en ruido que nos obliga a cambiar de estación o de canal.

Al obligar a los medios de comunicación a otorgarles espacios sin cargo dicen que al país deja de costarles dicha publicidad.  Eso es una rotunda mentira, pues al apropiarse del tiempo disponible terminan encareciendo los espacios publicitarios para el resto de los anunciantes, lo cual tiene a final de cuentas un impacto en sus costos que termina reflejándose en los precios de los productos y servicios que ofrecen al público.  Además,  los anuncios no se hacen solos, cuestan y bastante.  Y por si fuera poco el supervisar la publicidad de los partidos cuesta también.  Las ampliaciones de presupesto solicitadas por el IFE demuestran que lejos de disminuir el gasto de nuestros partidos terminó incrementándose. Lo que dejó de gastarse en un rubro termino por gastarse en otro y en mayor medida.

Por el lado de los gobiernos la cosa está tan mal o incluso peor.  Es prácticamente imposible recorrer una avenida importante de cualquier ciudad del país sin ver un espectacular de los gobiernos locales o federales. Tampoco es posible ver la televisión abierta o escuchar el radio por más de una hora sin toparse con sus espots.   Todos ellos para informarnos de sus grandes logros en materia de obras, de seguridad, salud o educación que la realidad se encarga de desmentir.